Aunque la inflamación suele tener una mala reputación, su función primaria es protegernos frente a agentes infecciosos, toxinas y otras agresiones ambientales. Su objetivo es eliminar el agente agresor, remover las estructuras dañadas, establecer las condiciones necesarias para la reparación de tejidos y restaurar la homeostasis.
Por lo tanto, la inflamación es un mecanismo fisiológico crucial para la supervivencia, que se ha conservado a lo largo de la evolución y que se caracteriza por la activación y dirección de diversas células, especialmente leucocitos y células endoteliales.
Cuando estas células se activan, sus necesidades de energía y nutrientes aumentan, generando una competencia por estos recursos entre el sistema inmunológico y otros órganos y sistemas, como el músculo esquelético, el tejido adiposo y el sistema nervioso central, entre otros.
Dependiendo del grado y la extensión de esta respuesta (por ejemplo, si es sistémica o local), pueden producirse varios cambios metabólicos y neuroendocrinos. Estos cambios buscan asignar más nutrientes al sistema inmunológico a expensas de otros órganos, mientras se limita el acceso de microorganismos patógenos a ciertos nutrientes clave, especialmente el hierro.
Estas adaptaciones, que incluyen resistencia a la insulina en tejidos periféricos, dislipidemia, aumento de la presión arterial y de la coagulación, disminución de la disponibilidad de varios micronutrientes, pérdida de masa magra (músculo y hueso), alteraciones en diversos ejes hormonales, anorexia, fatiga, disminución de la libido, síntomas depresivos y trastornos del sueño, son fundamentales en el corto plazo.
Sin embargo, mantener estas adaptaciones de forma crónica comprometería tanto la supervivencia como la capacidad reproductiva. Esto implica que una respuesta inflamatoria saludable debe ser limitada en el tiempo y resolverse una vez que ha cumplido sus funciones.
Sin embargo, cuando el proceso de resolución de la inflamación no se lleva a cabo adecuadamente o cuando hay una exposición continua a estímulos inflamatorios, este proceso puede volverse crónico, pudiendo ser de alta o baja intensidad, y localizado o sistémico.
Actualmente, se otorga gran importancia a la inflamación crónica sistémica de bajo grado, ya que este fenómeno, por un lado, muchas veces pasa desapercibido al no producir signos y síntomas evidentes, y por otro lado, está implicado en una serie de patologías crónicas. Estas incluyen la diabetes tipo II, la enfermedad hepática grasa no alcohólica, la enfermedad renal crónica, las enfermedades cardiovasculares, varios tipos de cáncer, la sarcopenia, la osteoporosis, la osteoartritis, la depresión y las enfermedades neurodegenerativas. Además, la inflamación crónica de bajo grado puede alterar negativamente varios ejes hormonales y el estado nutricional de diversas vitaminas y minerales. Finalmente, puede reducir la tolerancia inmunológica y comprometer la respuesta inmune aguda a agentes infecciosos, aumentando así el riesgo de desarrollar enfermedades autoinmunes e infecciosas.
No es sorprendente, por lo tanto, que algunos biomarcadores de inflamación se asocien con una mayor mortalidad en varios estudios epidemiológicos.
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Programa de Doctorado en Nutrición de la Facultad de Medicina de la Universidad de Lund (Suecia). Programa de Doctorado en Biomedicina y Ciencias de la Salud de la Universidad Europea de Madrid (UAM, España). Máster en Nutrición Humana y Calidad de los Alimentos. Graduado en Nutrición Humana y Dietética. Co-fundador CEAN.