Dr. Guillermo López, Óscar Picazo, Dra. Bianca Muresan, y Prof. Fernando Mata
COMITÉ EDITORIAL
Dirección y coordinación: Fernando Mata (Director General CEAN) Dra. Bianca Muresan (Miembro equipo CEAN)
Invitado especial del mes: Dr. Guillermo López Lluch
Revisión de artículos: Fernando Mata, Dra. Bianca Muresan, MSc. Pedro Carrera MSc. Óscar Picazo
Licenciado y Doctorado en Biología por la Universidad de Córdoba. Beca Marie Curie para estancia posdoctoral en el Department of Molecular Medicine, Rayne Institute, University College of London. Profesor en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla desde 1998 actualmente como Catedrático del Área de Biología Celular. Investigador asociado del Centro Andaluz de Biología del Desarrollo, centro mixto entre la Universidad Pablo de Olavide y el CSIC. Catedrático de Fisiología de la Universidad Pablo Olavide.
En primer lugar, muchas gracias por aceptar nuestra invitación Dr. López Lluch. Para nosotros, después de tantos años siguiendo su trabajo, es un placer tenerlo en la revista. Nos gusta contar con personas que contribuís a la ciencia desde el laboratorio, la docencia y también la divulgación.
Un place. Siempre he pensado que desde las entidades públicas dedicadas a la investigación en la rama de la ciencia que sea, debemos hacer un esfuerzo para sacar el conocimiento del ámbito académico y ofrecerlo a la sociedad. De esta manera ponemos más aún en valor nuestro trabajo y ofrecemos una fuente de conocimiento fiable y de calidad a nuestros conciudadanos.
Antes de comenzar con algunas preguntas, nos gustaría que nos hable de usted. ¿Quién es Guillermo López Lluch? ¿Cómo ha llegado hasta aquí?
Soy la versión más adulta de un “chaval” que creció intentando entender la realidad en la que vivía. Siempre me dijeron que tenía mucha curiosidad, y sigo teniéndola, por eso me dedico a la investigación, la mejor manera de afrontar esa curiosidad.
Mi padre era un mecánico que pasaba muchas horas arreglando maquinaria y haciendo trabajos de mantenimiento de grandes empresas y mi madre una mujer que se destrozó las manos cosiendo “para la calle” y llevando la casa. No cursaron estudios superiores, pero sí que se esforzaron para que sus hijos pudieran estudiar y llegar a donde ellos no habían podido. Estudié gracias a becas en centros públicos: colegios, instituto, universidad, y a partir de ahí pude realizar un doctorado gracias a una beca de la Junta de Andalucía y una estancia posdoctoral al obtener una beca Marie Curie en Reino Unido, en la University College de Londres.
Me incorporé a la plantilla de la Universidad Pablo de Olavide cuando comenzaba allá por 1998 como profesor ayudante y a partir de ahí fui escalando hasta llegar a mi actual puesto como catedrático del área de biología celular de esa Universidad.
A lo largo de la vida hay muchos momentos en los que una decisión obliga a tomar un camino u otro condicionando lo que va a ocurrir posteriormente. Poder entrar en el departamento de Biología Celular de la Universidad de Córdoba condicionó especializarme en un área muy diversa que me ha permitido tener muchos conocimientos que ahora puedo usar en varios campos. El poder desarrollar un doctorado en el campo de las células inmunitarias y su diferenciación me abrió el camino en un campo con mucha complejidad y que ha evolucionado mucho en estos años.
Posteriormente, el obtener una beca Marie Curie de la Comisión Europea me abrió la posibilidad de vivir otra realidad científica, con más medios, pero no mejor en cuanto a conocimiento y trabajo. Y finalmente, el obtener una plaza en la Universidad Pablo de Olavide y trabajar en el CABD me han permitido disfrutar de la carrera profesional e investigadora con la que soñaba ese chaval de 18 años que entró por primera vez en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Córdoba un septiembre de 1987.
¿Cuáles diría que son sus principales hitos que han marcado su carrera profesional?
Como docente, el haber conseguido desarrollar asignaturas de una forma personal y que reciban el reconocimiento y el respeto de los estudiantes e incluso que estos mismos puedan seguir en campos afines gracias a los conocimientos que impartí. Me piden muchas cartas de recomendación que agradezco redactarles para que puedan ir a otros centros a demostrar lo que conocen y saben hacer. Ese es el mayor orgullo para un docente.
Respecto a la investigación, aparte de la ya mencionada estancia en el UCL donde hice buenos amigos y pude aprender técnicas punteras en ese momento, podría decir que el mantener una producción científica continua y de cierta calidad ya es un hito.
Participé en el descubrimiento del resveratrol como posible agente antienvejecimiento y demostré la importancia de los cambios metabólicos y antioxidantes en la restricción calórica como otro modelo antienvejecimiento. Estos dos hitos han dirigido los estudios profundizando en otros aspectos de la nutrición y los compuestos bioactivos de los nutrientes tanto en el envejecimiento como en las enfermedades asociadas a este.
Si miramos su magnífica vida académica e investigadora, existe una molécula que me fascina y que quizás, me puede corregir, aún no le hemos dado la relevancia que tiene. ¿Qué es la coenzima Q10?
Yo prefiero llamarla el coenzima Q10 (CoQ10), pero acepta femenino o masculino indistintamente. El CoQ10 es conocido porque aparece en muchos cosméticos, pero es curioso que cuando preguntas, pocos saben decirte qué es y para qué sirve. Por decirlo muy claro desde el principio, es una molécula sin la que no podríamos vivir.
Es una molécula altamente hidrofóbica, es decir, que no se solubiliza en agua y que se encuentra, por tanto, dentro de los compuestos grasos o lipídicos. De hecho, su función la ejerce en las membranas celulares que están formadas por fosfolípidos. En esas membranas el CoQ10 transfiere electrones de unas moléculas a otras, desde proteínas que reducen el CoQ10 hasta otras moléculas y en ese trabajo acaba oxidándose. Esta función transporta electrones desde unos compuestos a otros y hace que el CoQ10 sea esencial para producir energía en las mitocondrias, pero también en bacterias. Además, se utiliza para sintetizar moléculas con las que fabricar los nucleótidos de ADN y ARN, para “quemar” las grasas o para modificar aminoácidos. Otra de las funciones esenciales que tiene es evitar que las membranas, el colesterol “malo” o las lipoproteínas de baja densidad (LDL), se oxiden y así previene daños que se asocian con múltiples enfermedades.
Dicho así, podemos afirmar que es un componente esencial para múltiples funciones dentro del organismo por lo que su deficiencia se ha asociado a problemas neuronales, renales, auditivos, cardiovasculares, reproductivos, etc.
Dr. ¿qué papel podemos darle a la coenzima Q10 en la enfermedad? ¿Y en el envejecimiento? ¿Algún efecto en el deporte?
Teniendo en cuenta sus funciones podemos decir que es un factor importante en muchas enfermedades, especialmente en aquellas en las que un funcionamiento deficiente de la mitocondria es importante. Nuestras células sintetizan CoQ10 pero esta síntesis va decayendo con el tiempo de una manera diferente según el tipo de célula. Por ejemplo, el corazón de una persona de 80 años tiene la mitad de CoQ10 que el de una persona de 20 años. Esta reducción en su síntesis puede ser la causa, pero también la consecuencia de que las mitocondrias (que es donde se sintetiza el CoQ10),
funcionen mal. Sea como fuera, la menor cantidad de CoQ10 en estas células aceleraría la progresión del deterioro en la mitocondria a la vez que aumentaría el daño oxidativo, al no poder proteger las membranas de las células contra la oxidación. Este aumento de la oxidación puede generar la muerte en las células, acelerando aún más el deterioro funcional de los órganos.
En este sentido, nuestros estudios han demostrado que menores niveles de CoQ10 en el plasma de la sangre está asociado con una menor capacidad muscular, con mayor fragilidad y con el deterioro cognitivo. Estos resultados obtenidos en personas mayores muestran que altos niveles de CoQ10 son importantes para evitar, en cierto grado, el deterioro funcional durante el envejecimiento.
En el caso del deporte nosotros descubrimos que, la suplementación con CoQ10 puede mejorar el rendimiento de futbolistas profesionales, aumentando su capacidad aeróbica durante los partidos, disminuyendo a la vez el daño muscular y la fatiga. Otros estudios han demostrado efectos similares en otros deportes.
¿Podemos modificar el contenido de Coenzima Q10 en nuestras células?
En condiciones normales parece que el CoQ10 se encuentra en niveles equilibrados con la actividad celular, por lo que no es posible aumentar los niveles, al menos en las membranas, donde actúa. Sí que es posible aumentar los niveles en el plasma de la sangre mediante suplementación ya que estos pueden triplicarse o incluso aumentar más cuando se suplementa de forma crónica.
Desde hace tiempo se conoce que en situaciones patológicas y durante el envejecimiento se produce un descenso de CoQ10 en algunos tejidos y órganos y es posible que con altas dosis de CoQ10 se puede incrementar los niveles de estos órganos, pero algunos de ellos como el músculo o el cerebro tienen poca capacidad para recoger el CoQ10 de la sangre por lo que es difícil que recuperen sus niveles mediante la suplementación. Por ahora no conocemos ninguna manera de inducir la síntesis de esta molécula, aunque se está investigando en este sentido.
Nuestos estudios han demostrado que la suplementación produce efectos positivos sobre ciertos parámetros, lo que indicaría que determinadas células pueden mejorar su capacidad mediante los suplementos con CoQ10, aunque necesitamos marcadores fiables que nos indiquen si se produce un efecto.
Por último Dr. ¿qué nos empieza a decir la ciencia sobre esta ubicua molécula en las últimas investigaciones llevadas a cabo?
Los resultados clínicos están demostrando que la suplementación con CoQ10 mejora muchos aspectos en personas con riesgo cardiovascular. Igualmente, nuestros estudios indican que personas que mantienen sus niveles plasmáticos de CoQ10 altos a edades avanzadas presentan mejor capacidad cognitiva y ejecutiva y, además, estos niveles están relacionados con una mejor y mayor actividad física.
Los datos apuntan a que posiblemente unos mayores niveles de CoQ10 en sangre (bien de forma natural o por suplementación), ayuden a mejorar la actividad celular y reducir, al menos en parte, la progresión de determinadas enfermedades. De hecho, en el caso de enfermedades crónicas asociadas al envejecimiento la suplementación con CoQ10 podría mejorar la respuesta celular reduciendo la oxidación de lipoproteínas, mejorando la respuesta a la insulina en la diabetes tipo II, disminuyendo la progresión de enfermedades cardiovasculares y, tras nuestros estudios, manteniendo la capacidad cognitiva y ejecutiva durante el envejecimiento.
Necesitamos más estudios enfocados a conocer con detalle los efectos de esta molécula y delimitar claramente para lo que puede ser útil y para lo que no conociendo que la suplementación es segura y útil en múltiples enfermedades.
Gracias de nuevo, para nosotros ha sido un placer haberlo entrevistado y esperamos pronto volver a coincidir con usted.
Un placer.
Autor: Dr. Guillermo López Lluch
Conocemos el coenzima Q10 (CoQ10) como un componente cosmético que encontramos en cremas antienvejecimiento, pero, aparte de un posible papel en dichos productos, el CoQ10 es mucho más. De hecho, es esencial para la vida y sin él no podríamos vivir ni nosotros ni ningún otro organismo en este planeta. Y eso es así porque el CoQ10 es esencial para obtener la energía para que nuestras células, tejidos y órganos funcionen.
¿Qué es el CoQ10?
El CoQ10 es una molécula lipídica que contiene una cabeza polar de naturaleza bencénica (es decir, es un anillo de seis carbonos unidos por enlaces covalentes de los que tres de ellos son dobles) a la que se unen dos grupos hidroxilo, que son los que reaccionan, cediendo y aceptando electrones. Por ello es una molécula con capacidad redox, es decir, capacidad para reducirse y oxidarse. A su vez, la cabeza, que es la que tiene la función rédox, se une a una cola hidrofóbica, que es la que le confiere la característica de lípido. Esta cola está formada por varias subunidades de isopreno, de manera que el número de unidades determina la forma de coenzima Q que tienen los diferentes organismos. Así, la levadura Saccharomyces cerevisiae, la levadura de la cerveza y el pan tiene coenzima CoQ6 porque su cola solo dispone de seis unidades de isopreno. En bacterias hay CoQ8, en roedores principalmente CoQ9 y algo de CoQ10 y en nosotros, los humanos y otros mamíferos, CoQ10. Hasta la fecha, el CoQ10 es la forma de coenzima Q conocida con mayor número de isoprenos y, por tanto, la más hidrofóbica.
El CoQ10 se sintetiza en todas nuestras células a partir de una serie de enzimas localizadas dentro de las mitocondrias. De esta manera, la cabeza polar que proviene de un aminoácido, la tirosina, se une a la cola hidrofóbica, que se sintetiza a partir de la misma ruta que fabrica el colesterol, gracias a una proteína localizada en la membrana interna de las mitocondrias. A partir de ahí, el resto de los componentes del complejo de síntesis de CoQ10 van modificando la cabeza de la molécula hasta llegar a la forma definitiva de esta. En todo este proceso intervienen múltiples componentes y su función es tan esencial que cualquier mutación en cualquiera de ellos produce deficiencia en la cantidad de CoQ10, dando lugar a graves, letales y raras enfermedades mitocondriales (Alcázar-Fabra y cols., Free Rad Biol Med., 2021).
Tres funciones vitales para el CoQ10
El CoQ10 cumple con tres funciones esenciales en el organismo: la de intervenir en la generación de energía en forma de ATP, en la síntesis de nucleótidos para la formación de ácidos nucleicos ADN y ARN, y la de proteger a las células frente a los radicales libres.
Estas tres funciones hacen que esta molécula sea extremadamente valiosa para la vida ya que sin ella no se puede fabricar la energía que necesitamos, los nucleótidos para producir ARN o copiar el ADN ni las células se pueden proteger frente al daño oxidativo. Como consecuencia, nuestras células morirían rápidamente. De hecho, como ya se ha mencionado, una serie de enfermedades raras se deben a la falta de capacidad de nuestras células para sintetizar el suficiente CoQ10. Por lo general, la deficiencia para sintetizar CoQ10 va asociada con la ataxia (o descontrol de los movimientos), disfunciones musculares, sordera y deterioro funcional de los riñones. En nuestro grupo llevamos años estudiando diversas mutaciones que provocan esta carencia y la gran mayoría de ellas provocan graves daños, siendo letales a edades muy tempranas. Este hecho demuestra la importancia que esta pequeña molécula tiene para nuestro cuerpo.
Para ejercer su función, el CoQ10 lo que hace es aceptar electrones de enzimas que lo reducen, generando el famoso ubiquinol o forma reducida de CoQ10, y luego los ceden a otras moléculas o a otras enzimas para que sigan su camino (Figura 1). La forma oxidada, una vez ha transferido los electrones, es conocida como ubiquinona. Como en toda molécula con capacidad rédox, ambas formas son necesarias ya que la forma reducida pasa a ser oxidada cuando cede electrones y la oxidada vuelve a dar lugar a la forma reducida cuando los acepta. Este simple mecanismo es el que permite generar energía en forma de ATP en las mitocondrias, sintetizar nucleótidos en estas mismas mitocondrias, o bloquear la oxidación de lípidos en las membranas de las células y, por tanto, la muerte celular (López-Lluch, Mech Ageing Dev., 2010).
Una molécula esencial para la fisiología general de nuestro organismo
Gracias a sus funciones esenciales, se ha podido demostrar que el CoQ10 es una molécula vital para la correcta actividad del sistema inmunitario, en la prevención de la pérdida de músculo, en la actividad del riñón, en la actividad cerebral y la coordinación corporal, probablemente en el Alzheimer y en la fertilidad y, en general, en el proceso de envejecimiento. La mayoría de las evidencias a favor del papel del CoQ10 en todos estos procesos provienen de modelos animales pero los datos dan a entender que en seres humanos también ocurre de la misma manera.
Uno de los aspectos más estudiados sobre el papel importante del CoQ10 en la salud es su papel en las enfermedades cardiovasculares. Estudios como el ensayo clínico Q-SYMBIO realizado de forma longitudinal durante años sobre pacientes con enfermedad cardiaca demuestran que esta molécula es importantísima para la recuperación del corazón tras un infarto de miocardio, mejorando la reparación del músculo dañado y la de los vasos sanguíneos afectados.
Por otro lado, el CoQ10 también se encuentra en las partículas que transportan el colesterol por nuestra sangre siendo esencial en su protección frente a la oxidación. La oxidación del conocido como colesterol malo (LDL) es uno de los factores más importantes para el desarrollo de la placa de ateroma que finalmente provoca el colapso de los vasos sanguíneos, causa de infartos de miocardio, cerebrales o ictus. Desde hace años conocemos que el CoQ10 es el factor clave para prevenir la oxidación de LDL en la sangre. Por ello, el mantenimiento de niveles altos de CoQ10 en nuestra sangre es importante para prevenir el riesgo de sufrir estas enfermedades mortales.
Otro aspecto relevante es que los niveles de CoQ10 en nuestro cuerpo descienden durante el envejecimiento. Aún no conocemos muy bien los detalles sobre si este descenso se debe a que el daño en las mitocondrias afecta a la síntesis de CoQ10 o es el propio déficit en la síntesis de CoQ10 lo que provoca una aceleración en el deterioro de las mitocondrias asociado con el envejecimiento. Probablemente sea un proceso retroalimentado en el que la acumulación de mitocondrias dañadas conduce a un deterioro en la síntesis de CoQ10 que acelera, a su vez, el deterioro mitocondrial.
Sea como fuera, este descenso podría ser uno de los factores que influyen en el deterioro general de nuestro organismo asociado con la edad. Este deterioro general afecta tanto al músculo como al sistema inmunitario, tanto a la capacidad cerebral como al desarrollo de enfermedades cardiovasculares. Afortunadamente, parece que nuestro cuerpo es capaz de regular estos niveles y de mantenerlos más altos cuando se mantiene activo. De hecho, desde hace años conocemos que, en personas mayores, una mayor actividad física se asocia con mayores niveles de CoQ10 en la sangre y, lo más importante, con menor daño oxidativo sobre el colesterol. Además, un mayor sedentarismo y la obesidad repercuten negativamente con menores niveles de coenzima Q10 en la sangre y mayores niveles de oxidación de colesterol, con lo que aumenta el riesgo de sufrir una enfermedad cardiovascular por este hecho.
Más recientemente hemos encontrado que la mayor capacidad física en el envejecimiento mantiene más altos los niveles de CoQ10 en el plasma sanguíneo asociados, a la vez, con una mayor capacidad cognitiva y un menor deterioro mental. Nuestros estudios han arrojado de manera muy clara que mayores niveles de CoQ10 en el plasma podrían estar relacionados con un enlentecimiento del deterioro cognitivo asociado con la edad y, por tanto, con la prevención de las primeras etapas del Alzheimer (Fernández-Portero y cols., J Gerontol A Biol Sci., 2022). Actualmente estamos diseñando futuros estudios para delimitar las causas de esta relación.
Hábitos de vida, cuidado de la salud y otras claves para mantener los niveles de CoQ10
Múltiples estudios han demostrado que los hábitos de vida saludables y mantenerse activos mantienen los niveles de esta molécula, por lo que mejoran la capacidad antioxidante en las membranas de las células a la vez que previenen el daño mitocondrial correlacionado a múltiples enfermedades asociadas con la edad y el metabolismo.
Tal vez por eso sea más positivo mejorar los hábitos de vida que depender de los productos farmacológicos para tratar estas enfermedades. Por poner un ejemplo, las estatinas son unos fármacos masivamente utilizados por la población, y especialmente en la población mayor, para regular los niveles de colesterol. Como ya se ha indicado, la parte hidrofóbica de la molécula de CoQ10, comparte con el colesterol parte de su ruta de síntesis. Las estatinas inhiben la actividad de la primera proteína que interviene una larga cadena de reacciones que conducen a la síntesis de colesterol a partir de pequeñas moléculas que se producen en el metabolismo celular. Tanto el colesterol como el dolicol y el CoQ10 comparten esta misma parte de las reacciones, por lo que todos ellos se ven afectados y, especialmente, el CoQ10.
Hasta el momento, los estudios clínicos no están claros ya que muchos de ellos se han centrado únicamente en los niveles de CoQ10 en plasma, pero no en los diferentes órganos como el sistema nervioso central y tejidos como el músculo. Por ello, no podemos descartar efectos crónicos de las estatinas sobre los niveles de CoQ10 en estos órganos. Algunas evidencias ya indican que el uso crónico de estos fármacos puede afectar a la cantidad de CoQ10 en músculo a tenor de la aparición de problemas como la fibromialgia.
Por ello, algunos científicos estamos seguros de que, si bien la reducción de estatinas no es aplicable por su beneficio en la prevención de enfermedades cardiovasculares, la suplementación con CoQ10 sería muy beneficiosa para las personas tratadas crónicamente con estos fármacos previniendo así los efectos secundarios producidos por un descenso de los niveles de esta molécula.
Por otro lado, en la respuesta inflamatoria asociada al COVID-19, la acumulación durante el envejecimiento de mitocondrias dañadas podría jugar un papel esencial y, por ello, la reducción en la síntesis de CoQ10 podría ser un factor a tener en cuenta. Tal es así que, recientes estudios que hemos desarrollado en colaboración con un grupo en Eslovaquia han demostrado que la suplementación con CoQ10 mejora la respuesta de pacientes con COVID y reduce el tempo de rehabilitación (Sumbalová y cols, Front Mol Biosci., 2022). Futuros estudios pretenden demostrar el papel que esta molécula juega en la respuesta inflamatoria y su posible utilización para modular esta respuesta.
En la actualidad se han acumulado ya suficientes argumentos para considerar que el CoQ10 es mucho más que un cosmético y que su posible uso como suplemento en estados carenciales, tratamientos crónicos con estatinas o durante el envejecimiento, debería ser tenido en cuenta seriamente, especialmente en aquellas personas con mayor riesgo, es decir, sedentarias y con mayor peso
Autor: Óscar Picazo
El concepto de obesidad metabólicamente sana tiene los días contados. Si bien se conoce el hecho de que existen personas con sobrepeso u obesidad, pero con un control metabólico aparentemente adecuado, lo cierto es que cada vez se acumulan más pruebas en su contra. Es hora de abandonar este concepto y afrontar que la obesidad y el sobrepeso, son una enfermedad por sí mismas, independientemente del estado metabólico puntual del sujeto.
El concepto de “fofisano” o ‘fat but fit’ en versión anglosajona, procede de los estudios epidemiológicos del profesor Blair durante los años 90 del siglo pasado. Hace referencia a individuos cuyo índice de masa corporal (IMC) se situaría en el rango de sobrepeso u obesidad, pero cuya capacidad cardiorrespiratoria y marcadores de control metabólico, especialmente glucémico y lipídico, se encuentran dentro de los límites normales y, por último, cuya morbi-mortalidad no se vería afectada por el sobrepeso. Sin embargo, esto es algo que, como veremos a continuación, se ha demostrado como un concepto falso.
Sabemos claramente que la acumulación de grasa visceral es la metabólicamente más perjudicial, asociándose a inflamación crónica. Una de las características principales de estos obesos “metabólicamente sanos”, es que presentan un patrón de acumulación de grasa principalmente subcutánea en lugar de visceral.
Existen estudios que demuestran claramente como, incluso para personas con normopeso, un patrón de acumulación de grasa visceral se relaciona con mayor riesgo de mortalidad total o por enfermedad cardiovascular. Por ejemplo, en individuos con un IMC de 22 (dentro del normopeso) aquellos con una relación de perímetro de cintura-cadera de 1 tenían un riesgo de mortalidad un 87% mayor que aquellos con una relación de 0,89 (1). Una medida tan sencilla como el perímetro de cintura es sin duda un buen indicador de riesgo asociado a la acumulación de grasa visceral.
Otro ejemplo lo tenemos en un caso clínico donde se compara a dos sujetos con obesidad mórbida (IMC > 45 kg/m2) donde uno de ellos, presenta un control metabólico normal. Se observa claras diferencia en el patrón de acumulación de grasa, predominantemente subcutáneo en el obeso metabólicamente sano (Figura 1). El análisis del tejido adiposo muestra una gran infiltración de macrófagos en el obeso con mal control metabólico, resultado de un alto grado de inflamación (2).
Una posible explicación a estas diferencias se encontraría en la inflamación crónica. Si bien ambos individuos tienen un balance calórico desequilibrado, la gran diferencia es la inflamación presente en sus tejidos. Las alteraciones de la microbiota intestinal con disbiosis, hiperpermeabilidad intestinal y endotoxemia, pueden marcar la diferencia, junto con otros hábitos favorecedores de la inflamación como el sedentarismo, el tabaquismo, el consumo de alcohol o el estrés, entre otros.
Datos en contra
Más allá de datos tan esclarecedores como el mencionado, en los últimos años se acumulan pruebas que apuntan a que los obesos no pueden ser metabólicamente sanos, aunque lo parezcan.
Uno de esos trabajos, firmado por Alejandro Lucía, ha analizado los datos procedentes de más de medio millón de trabajadores facilitados por una mutua de accidentes de trabajo. Los resultados demuestran que, no se puede ser sano y obeso a la vez, ni siquiera siendo activo. Aquellos pacientes obesos o con sobrepeso, tenían mayor riesgo cardiovascular que aquellos con normopeso, de forma independiente a su nivel de actividad física. Incluso, los obesos activos tenían el doble de riesgo de tener el colesterol elevado, cuatro veces mayor riesgo de diabetes y cinco veces mayor riesgo de hipertensión que aquellos con normopeso e inactivos (3).
Otro estudio que desmiente el concepto “fat but fit” es un análisis de datos procedentes del Biobank de Reino unido, con una muestra de más de 380.000 individuos, con un seguimiento a 11 años. Los datos indican que los obesos “metabólicamente sanos” tenían un 4,32 mayor riesgo de diabetes, un 1,18 veces mayor riesgo de aterosclerosis, un 1,76 veces mayor riesgo de fallo cardiaco y un 1,2 veces mayor riesgo de enfermedad respiratoria que los sujetos sanos no obesos. Además, aproximadamente un cuarto de los obesos “sanos” sufría un empeoramiento de su metabolismo entre 3 y 5 años después (4).
En este estudio definió como obeso metabólicamente sano a aquellos con un índice de masa corporal superior a 30 kg/m2, y que además tuvieran al menos 4 de un grupo de 6 parámetros dentro de la normalidad: tensión arterial, proteína C reactiva, hemoglobina glicosilada, colesterol LDL y HDL, y triglicéridos. De entre el total de más de 380.000 individuos, los investigadores encontraron un 55% de sanos con peso normal, un 15,6% de obesos no sanos, y un 9% de obesos considerados metabólicamente sanos. Además, se analizó la relación entre diversos hábitos como alimentación o nivel de actividad física, tabaquismo o consumo de alcohol y el riesgo de enfermedad cardiovascular, diabetes y mortalidad. Comparados con los sanos con normopeso, los obesos metabólicamente sanos tenían un riesgo 4 veces mayor y los obesos no sanos 12 veces mayor de diabetes. Además, los obesos sanos tendían a ser más jóvenes y activos que los no sanos.
Las conclusiones de los autores son claras: los obesos “metabólicamente sanos” no lo son, ya que tienen un riesgo aumentado de enfermedad cardiovascular, diabetes y enfermedad respiratoria. Además, se cuestiona la utilidad de etiquetar a los pacientes dentro de un grupo en el que los resultados son heterogéneos, con una enfermedad como la obesidad que está asociada a un amplio número de enfermedades. En resumen, el termino de obesidad metabólicamente sana no refleja la realidad, y no tiene utilidad clínica.
Las limitaciones del IMC
Estudios como estos reabren el debate sobre la utilidad del índice de masa corporal como indicador de salud. Si bien de forma general, el IMC puede dar una buena aproximación al estado ponderal, existen claras diferencias en cuanto al estado metabólico de dos sujetos con el mismo IMC en función de su composición corporal o de su capacidad cardiorrespiratoria.
Asociado a ello, debemos desmentir con rotundidad el concepto de obesos metabólicamente sanos. La obesidad es una enfermedad en sí misma, con numerosas comorbilidades. Aunque transitoriamente pueda darse un periodo de control metabólico normal, lo cierto es que a medio plazo el riesgo de enfermedad crónica es mayor que en sujetos con normopeso. Y cuando tengamos modelos metabolómicos precisos que tengan en cuenta marcadores subclínicos de inflamación, podremos determinar cómo los obesos metabólicamente sanos no lo son, midiendo lo que realmente hay que medir (exerquinas, endotoxemia, zonulinas, interleuquinas, y un largo etcétera).
Hasta ese momento, quedémonos con que una de las medidas más probadas para la mejora de la salud general es la pérdida de peso, acompañada de una buena composición corporal. Y acabemos con la normalización y justificación de la obesidad. Una cuestión es que las personas con sobrepeso u obesidad no deban ser objeto de discriminación, algo fuera de toda duda. Sin embargo, existen en la actualidad movimientos que lanzan el mensaje de que el obeso puede ser perfectamente sano. Algo que la ciencia sin duda, no apoya.
Autora: Dra. Bianca Muresan
La vitamina D es más que una vitamina liposoluble, y se considera una hormona compleja que no solo interviene en la homeostasis del calcio, sino que además tiene otras múltiples funciones en diversos órganos, que incluyen la regulación del crecimiento celular (1). Esta vitamina se obtiene de la síntesis cutánea, tanto por exposición solar como de la dieta. En cuanto a su síntesis, la D2 (ergocalciferol) a través de vegetales y la D3 (colecalciferol) a través de animales. Para activarse, la vitamina D debe sufrir una hidroxilación a nivel tanto hepático como renal mediante el siguiente proceso:
En cuanto a sus acciones, la vitamina D facilita la absorción intestinal de calcio y fósforo aumentando la reabsorción tubular de calcio, por lo que aumenta los niveles plasmáticos de calcio y fósforo. Además, estimula la calcificación ósea, disminuyendo el riesgo de osteoporosis. En la siguiente figura (figura 1), se observa en detalle el metabolismo y el proceso de síntesis de la vitamina D, desde la luz solar y la dieta hasta sus principales funciones de absorción intestinal de calcio y fósforo como su reabsorción ósea, para regular así los niveles de estos minerales en sangre (1).
En cuanto a sus implicaciones, tal y como se ha explicado anteriormente, esta vitamina está principalmente implicada en la homeostasis del metabolismo óseo, sin embargo, tiene otras muchas funciones en el organismo como protección frente a patologías, desarrollo adecuado del sistema inmune, adecuada salud de la piel, sistema reproductivo y músculo, adecuada secreción hormonal o acción directa sobre el metabolismo óseo (Figura 2). Es por ello por lo que, las funciones más importantes de la vitamina D se pueden agrupar principalmente en 3 tipos diferentes (3):
Uno de los principales mitos repetidos a lo largo de historia es que en España no existe déficit de vitamina D por ser un país muy soleado, dando lugar a pensamientos equivocados que durante todo el año se dispone de sol que además se aprovecha adecuadamente por nuestro organismo. Respecto a esto, tal y como se indica en múltiples artículos, en primer lugar, la situación en el espacio del planeta Tierra, oblicua respecto a su eje, hace que se pueda disfrutar adecuadamente de los rayos solares solo durante los meses de verano. Fuera de la época, por encima del paralelo 35, los rayos de sol no llegan adecuadamente a la Tierra. Un dato importante es que casi toda España se encuentra por encima de ese paralelo, con la excepción de las Islas Canarias.
Por supuesto, existen otras causas del déficit de vitamina D en España que todos conocemos, como la escasez de la exposición solar sin protección debido a la elevada incidencia de cáncer de piel, la vida dentro de casa la mayor parte del día, o los propios hábitos de una vida sedentaria con poco contacto con la naturaleza y los rayos de luz. Todo esto hace que en España exista una deficiencia similar de vitamina D al igual que en el resto de Europa, con excepción de los países nórdicos, que, conocedores de este problema y sus pocas horas de luz, ingieren tanto alimentos fortificados en vitamina D como suplementación. Esto hace que, curiosamente, los países nórdicos tengan mayores niveles de vitamina D en sangre a lo largo de todo el año y que en España se encuentre este llamativo déficit a pesar de ser un país “muy soleado”. Este hecho ha dado lugar en los últimos años a la que se ha llamado “la paradoja de la suplementación”.
Teniendo en cuenta estos datos y también explicada la función de la vitamina D en el organismo, a continuación, se explicarán de forma resumida algunos estudios llevados a cabo en hospitales españoles sobre la función de la vitamina D en diferentes patologías y publicados en los últimos congresos de la Sociedad Española de Nutrición Clínica y Metabolismo (SENPE) en los últimos años (6):
Valoración de los niveles de vitamina D en diferentes poblaciones y estaciones del año
Un estudio en el que se incluyeron 421 pacientes, llevado a cabo por Segura Galindo A. y colaboradores, analizó los niveles de vitamina D (vitD) en gestantes valoradas en una consulta de diabetes mellitus gestacional (DMG) para observar si existían diferencias con otros dos grupos diferentes: un grupo de pacientes valoradas en consulta de endocrinología por otros motivos y con otro grupo de pacientes ingresados por diferentes motivos (pacientes hospitalizados). Para ello, se recogieron pacientes consecutivamente (consulta de endocrinología, consulta de diabetes gestacional y hospitalización), y se analizó la edad, el sexo, así como los niveles de parathormona (PTH) y vitD.
Los resultados más significantes de este estudio se recogen en la Tabla 1.
Teniendo en cuenta estos resultados, el estudio determinó que hubo evidencias significativas entre hombres y mujeres, excepto la edad. Los niveles de vitD fueron llamativamente más bajos en DMG y en los pacientes ingresados. Por otro lado, no se encontró un aumento de PTH como era previsible al descender los niveles de vitamina D.
En esta segunda parte del estudio, se analizaron los niveles de vitD en las diferentes estaciones, para estudiar como varía esta vitamina en la segunda parte del año. En cuanto a los resultados de este estudio, se determinó que el sexo y la edad no influyeron en el nivel de vitamina D, excepto para los hombres que en invierno tenían menos niveles de vitamina D (25 años), que en primavera (49 años) y otoño respectivamente (51 años). Respecto a la media de los niveles de vitamina D teniendo en cuenta ambos sexos y los 3 grupos poblacionales estudiados (DMG, consultas e ingresos), fueron: 18,1 ± 8,6 ng/ml en primavera, 18,9 ± 8,2 ng/ml en verano, 21,1 ± 11,4 ng/ml en otoño y 18,6 ± 7,5 ng/ml en invierno, sin encontrarse diferencias estadísticamente significativas. Los resultados de la valoración de vitamina D en las diferentes estaciones del año se recogen en la Tabla 2.
Teniendo en cuenta estos datos, el estudio concluyó que no se encontraron diferencias grandes según la estación del año en cuanto a los niveles de vitamina D.
Niveles de vitamina D en pacientes críticos ingresados en UCI
Este estudio observacional prospectivo, estudio la vitamina D de 30 pacientes ingresados en UCI en el Hospital Universitario Virgen Macarena de Sevilla (España), desde el 1 de junio al 10 de diciembre del 2017. El estudio, llevado a cabo por González García A. y colaboradores, evaluaron los niveles de vitamina D de todos los pacientes críticos crónicos alimentados mediante soporte nutricional enteral (SNE) en el día +21 del ingreso mediante elecroquimioluminiscencia. En cuanto al motivo de ingreso en UCI, el 60% (n=18) de los pacientes fueron pacientes quirúrgicos y solo el 13,3% (n=4) presentaron patologías sugestivas de malabsorción. El 76,3% (n=23) presentaron infecciones nosocomiales entre las principales complicaciones, siendo la neumonía la más frecuente, presentándose en el 65,5% de los casos (n=19), seguida de la bacteriemia en un 31% de los casos (n=9).
En cuanto a los resultados más importantes del estudio, el 44,8% (n=14), los niveles de vitamina D fueron muy deficientes (<10 ng/ml) y el 41,4% (n=12) presentaron niveles insuficientes (10-20 ng/dl). El resto de los pacientes presentaron valores bajos (20-30 ng/dl) sin alcanzar la normalidad. Por otro lado, no se objetivaron diferencias estadísticamente significativas entre los valores de vitamina D y la aparición de las complicaciones, salvo en el caso de neumonía, que sí resultó estadísticamente significativa esta correlación (p = 0,03).
Por último, no se objetivaron evidencias estadísticamente significativas entre los valores de vitamina D y el tipo de SNE. Teniendo en cuenta estos datos, podemos concluir que tras 21 días de SNE, la mayoría de los pacientes presentó mínima concentración de vitamina D.
Vitamina D y reducción de crisis asmáticas
Teniendo en cuenta que las crisis asmáticas son una causa importante de morbi-mortalidad en pacientes asmáticos, en este ensayo clínico aleatorizado a triple ciego, se evaluó la suplementación con vitamina D sobre la reducción del número de crisis asmáticas.
En cuanto a la metodología del estudio llevado a cabo por Salinero Gonzales L. y cols., se seleccionaron 112 pacientes con asma y déficit de vitamina D (25-OH-vitaminaD3 < 30 ng/ml) y fueron aleatorizados en dos grupos: grupo de intervención (GI) que recibió calcifediol 16.000 UI/semana vía oral y grupo control (GC) que recibió placebo. Cada grupo tuvo por tanto 56 pacientes. El periodo de seguimiento fue de 6 meses determinándose en este periodo el número de crisis asmáticas, el número de ciclo de corticoides orales, y el número de consultas en urgencias o atención primaria relacionadas con el asma.
Los principales resultados del estudio tras los 6 meses de seguimiento fueron:
Con todos estos resultados, el estudio concluyó que la suplementación con vitamina D en pacientes asmáticos que presentaron déficit, se asoció a una disminución pequeña, aunque significativa, en el número de exacerbaciones asmáticas, ciclos de corticoides orales y consulta no programada al servicio de Atención Primaria.
Relación de los niveles séricos de 25-OH-vitaminaD3, calcio y parathormona tras la cirugía bariátrica
El objetivo del último estudio fue analizar mediante un estudio transversal, la prevalencia de hiperparatiroidismo secundario (HPTS) tras la cirugía bariátrica y su correlación con los niveles de 25-OH-vitaminaD en 604 pacientes del Hospital Universitario Reina Sofía (Córdoba, España). El estudio llevado a cabo por Alhambra Espósito M.R. y cols., analizó el déficit de vitamina D (25vitD), calcio (Ca2+) y parathormona (PTH), 5 años tras la cirugía bariátrica.
La edad media de los pacientes fue de 46 años ± 11 años, y el 76,6% fueron mujeres. Se consideró un nivel de vitamina D suficiente cuando fue igual o superior a 30 ng/ml, deficiente entre 20 y 30 ng/ml e insuficiente por debajo de 20 ng/ml. Los niveles de HPTS se definió teniendo en cuenta la elevación de PTH con niveles de calcio normal.
En cuanto a los resultados, a los 5 años tras la cirugía bariátrica, el 11,9% de los pacientes presentaron una PTH elevada y la media de la vitamina D fue significativamente menor en aquellos pacientes con HTPS (26,90 ± 12,78 ng (dl vs. 31, 34 ± 15,53 ng/dl; p= 0,038). Además, la prevalencia de HTPS fue mayor en los pacientes con cantidad de vitamina D < 30 ng/dl; [OR]: 1,255 [IC95%: 0,719 – 2,195), con respecto a los que tuvieron vitamina D > 30 ng/dl; [OR]: 0,969 [IC95%: 0,896 – 1,047].
Por último, los niveles de PHT se correlacionaron de forma inversa con los niveles de vitamina D, es decir, a menor nivel de vitamina D, mayor nivel de PTH (p=0,042).
Los resultados de la valoración de vitamina D y PTH 5 años más tarde de la cirugía bariátrica se recogen en la Tabla 3
Teniendo en cuenta estos datos, el estudio concluyó los pacientes con cirugía bariátrica presentan una elevada prevalencia de presentar HTPS asociado al déficit de vitamina D.
Autor: Fernando Mata
La observación de la naturaleza, el conocimiento de los seres vivos, su comportamiento, su fisiología, es tremendamente revelador. Escribo este artículo como el niño ilusionado que quiere contar la historia más bonita encontrada, aun siendo consciente de que cada día, en mi caja abierta de libros de ciencia, encuentro esa ilusión en diferentes historias que, de nuevo, os quiero contar.
Imagínate lo que sería pasar todo tu verano de vacaciones, comiendo sin parar y así aumentar tu peso corporal un 30%, y posteriormente va a continuar una larga estancia en tu cama durante los próximos seis meses. A tu despertar primaveral todo sería diferente, osteoporosis, sarcopenia, síndrome metabólico, enfermedad cardiovascular, quizás hasta algún trombo te hubiera dado, úlceras por presión al estar tanto tiempo tumbado y otras muchas consecuencias.
Sin embargo, los osos salen de la madriguera tras el invierno en un adecuado estado de salud, sin ningún signo de estas condiciones o enfermedades. Como algunos estaréis pensando ¡quién fuera oso!
A continuación, vamos a conocer al oso pardo (Ursus arctos) y a los osos negros (Ursus americanus) y ver cómo se las apañan para no enfermar durante sus seis meses de clausura invernal en la madriguera. Como te acabo de decir, los osos pasan, seis meses metidos en su madriguera, las duras condiciones invernales les han dotado de esta estrategia para sobrevivir. Con el advenimiento de la primavera, los osos se disponen a salir de sus cuevas, y sorprendentemente, lejos de lo que a ti y a mí nos pasaría, libres de enfermedades. No padecen osteoporosis, sarcopenia (pérdida de masa muscular y fuerza), insuficiencia renal, enfermedades cardiovasculares u otras condiciones de salud negativa. A diferencia nuestra, el sedentarismo no los mata. Nuestro organismo está “modelado” por la evolución para moverse; el sedentarismo es una causa real de más de 35 enfermedades o condiciones crónicas que resultan en una disminución de la esperanza de vida ¿Pero por qué el oso no enferma?
Los osos pardos y negros son algunos de los animales que hibernan. Durante medio año estos animales estarán en su madriguera para pasar las bajas temperaturas del invierno sin la menor posibilidad de alimentarse, una estrategia que utilizan los animales hibernantes frente a los que deciden partir hacia otros lugares del planeta como las aves migratorias. Sin embargo, los osos, a diferencia de otras especies hibernantes, son hibernadores superficiales, es decir, tienen un cierto grado de alerta durante todo el periodo de hibernación. Por ejemplo, su temperatura no baja abruptamente, y aproximadamente, durante su letargo invernal en 33-34ºC. La tasa metabólica cae en torno al 25% y se producen cambios hemodinámicos como la caída de la frecuencia cardiaca a 10 latidos por minuto (lpm) y de la frecuencia respiratoria a 1-2 por minuto. Durante este estado de hibernación también se han visto cambios nivel metabólico. Por ejemplo, se han observado cambios en el metabolismo del sulfato, lo que puede estar involucrado en la defensa antioxidante.
A finales de verano y el otoño, los osos pardos deben aumentar su ingesta para afrontar el duro y frio invierno sin comer. En estos meses los osos muestran hiperfagia, lo que les hace aumentar su peso corporal un 30% en comparación con la primavera, curiosamente sin que este afecte a su sensibilidad a la insulina. Esta hiperfagia que acompaña a los osos y otros animales hinernates es importante. Durante el duro inverno en su letargo, ellos no comerán y tendrán que utilizar las grasas almacenadas para su oxidación y producción de energía, sobre todo, los ácidos grasos saturados movilizados del tejido adiposo blanco. Eso requiere cambios metabólicos que son el resultado de variaciones en la expresión de diferentes genes. Por ejemplo, en estudios realizados con osos negros, se ha podido observar cómo diferentes genes del tejido adiposo y muscular cambian su expresión. En este sentido, en verano los genes relacionados con la lipogénesis (síntesis y acumulación de grasa) aumentan, mientras que, durante el invierno existe una regulación negativa de los genes glucolíticos y positiva en los involucrados en la lipólisis. Interesantemente, muchos de los cambios metabólicos que se han observado durante la hibernación, pueden deberse a una reducción de la diversidad de la microbiota, reduciéndose Firmicutes y Actinonacterias y elevándose Bacteroidetes. Por ejemplo, en un estudio se pudo comprobar como el trasplante de microbiota de oso de verano e inverno a ratones libres de gérmenes producía un aumento de la adiposidad cuando la microbiota trasplantada era la de verano (Sommer et al., 2016).
En cuanto a los cambios y adaptaciones circulatorias, como comentamos líneas arriba, la frecuencia cardiaca cae en torno a 10 lpm (Laske TG, et al., 2018), con frecuentes asistolias y reducción del gasto cardiaco en torno al 25% en comparación a cuando está activo (Jorgensen PG et al., 2014). Sin embargo, no se presentan signos de insuficiencia cardiaca. En humanos, cuando existe una disminución del flujo sanguíneo, también existe un aumento del riesgo de la formación de trombos, lo que, de nuevo, no ocurre en los osos. Parece que la agregación plaquetaria se reduce durante la hibernación (Arinell K. et al., 2012), así como la expresión de algunos genes relacionados con la coagulación. Otras proteínas relacionadas con la coagulación sin embargo aumentan durante el invierno, lo que podría estar evitando el sangrado.
Algo también curioso y que choca con nuestra biología, es la presencia en los osos de colesterol elevado, lo que como sabrás es un factor de riesgo para la arteriosclerosis en humanos. Sin embargo, los osos no desarrollan enfermedad arteriosclerótica a pesar de ello (Arinell K. et al., 2012). Los niveles de triglicéridos y colesterol en el plasma son dos veces más altos en los osos partos durante la hibernación que en los humanos. Según reciente estudios parece que, en los osos pardos esta ausencia de arterioclerosis, a pesar de tener el colesterol elevado, es debido a diferencias en las lipoproteínas circulantes. La afinidad de las lipoproteínas de baja densidad (LDL) a los proteoglicanos circulantes es diez veces menor y además, tiene una elevada salida de colesterol del plasma.
Su respiración disminuye a 1-2 veces por minuto y la tasa de consumo de O2 se reduce un 75% (Toien O., et al., 2011). En este sentido la hemoglobina aumenta su afinidad por el oxígeno y se produce un aumento del 2,3 difosfoglicerato. Esto permite una adaptación durante el invierno de los osos a la disponibilidad de oxígeno con el fin de asegurar la oxigenación de tejidos vitales como el cerebro y el corazón (Revsberch et al., 2013).
Por otro lado, a humanos nos preocupa tremendamente un tejido sumamente extenso e importante como es el músculo esquelético. Hoy sabemos que sus funciones van más allá del movimiento y luchamos por evitar su pérdida con la edad (sarcopenia), durante el encamamiento por enfermedad, inmovilización tras una lesión, en los vuelos espaciales o en el transcurso de diferentes enfermedades. Los estudios en osos negros han revelado que, durante el verano existe un aumento de la síntesis de proteínas frente a la degradación, lo que es indicativo de que existe un aumento de las proteínas musculares, mientras que en invierno tanto la síntesis como la degradación se reducen manteniendo al final un equilibro en las proteínas musculares. Entre los mecanismos que podrían explicar este mantenimiento de la masa muscular durante la hibernación se ha observado reducciones en la miostatina (una proteína represora del crecimiento muscular) así como un cambio fenotípico en las fibras musculares de tipo II a tipo I (Miyazaki M. et al.,2019). La formación de cuerpos cetónicos y el uso preferencial de los ácidos grasos y cuerpos cetónicos, probablemente contribuya al ahorro de aminoácidos y glucosa durante el ayuno (Owen et al., 2018). Quizás, como ocurre en roedores, en los osos polares la cantidad de grasa almacenada puede estar inversamente correlacionada con la descomposición de proteínas corporales (Atkinson et al., 1996). Además, la fuerza muscular también parece mantenerse. En este sentido, estudios realizados con osos americanos, han demostrado que no pierden más del 29% de la fuerza tibial anterior durante 2 meses de hibernación y que, el tamaño, número de células y propiedades contráctiles no cambian. También resulta interesante un estudio donde se expusieron las células del músculo esquelético humano a suero de verano e invierno de oso pardo, es decir, tras extraer las células cultivadas del sistema musculoesquelético humano, se infundieron con suero extraído de la sangre de osos negros en hibernación. Los resultados mostraron como la renovación de proteínas de los miotubos se redujo cuando se incubaron con suero de invierno, con una inhibición drástica de la proteólisis que involucró al sistema del proteasoma y lisosomal, lo que dio originó un aumento en la producción del contenido de proteínas de las células musculares (Chanon S. et al., 2018).
Por último, aunque estos animales permanezcan inactivos, no se han encontrado signos de osteoporosis por desuso en los osos ni signo de una mayor porosidad cortical, lo que contrasta con lo que ocurre en humanos (McGee-Lawrence ME et al., 2009). La vitamina D se ha visto más elevada en invierno que en verano, sin cambios en la parathormona (PTH) y calcio. Otros marcadores de recambio óseo como la osteocalcina fueron más altos en verano que en invierno, mientras que otros marcadores como los telopéptidos y carboxiterminales (ICPT y CTX-I) no sufrieron cambios (Vestergaard P., et a., 2011). También han sido estudiados otros péptidos como el transcrito regulado de cocaína y anfetaminas (CART) que se ha visto aumentado hasta 15 veces durante la hibernación, lo que inhibe la osteoclastogénesis (McGee-Lawrence M. et al., 2015). Algunas investigaciones han mostrado como las células madre procedentes del tejido adiposo parece que pueden contribuir a la formación de células óseas, observándose increíblemente como estas células troncales pueden dar lugar en estos animales a células óseas y condrocitos. Teniendo en cuenta estos datos, algunos. Teniendo en cuenta estos impresionantes datos, algunos autores indican que, el esqueleto de un oso durante la hibernación es como si estuviera sometido a carga cuando realmente está sin ella (Seger RL. Et al. 2011).
Todos estos cambios que acabamos de ver parecen ser debido a cambios en la expresión genética lo que daría lugar a la producción de proteínas en diferentes momentos. Los estudios proteómicos realizados en estos animales analizando diferentes tejidos durante el invierno y el verano (Welinder KG, et al., 2016) muestran como existen cambios entre ambas épocas en el perfil proteómico, lo que estaría indicado que al menos, parte de estas proteínas estarían actuando en el mantenimiento de los tejidos sanos de estos animales. Por ejemplo, se ha observado como la globulina transportadora de hormonas sexuales (SHBG) aumenta hasta 45 veces durante la hibernación, lo que podría estar representando muchas de las adaptaciones que se producen al eliminar la acción de las hormonas esteroides (Avvakumov GV et al., 2010). En este sentido, en humanos se ha visto que niveles elevados de esta proteína se correlacionan con buena salud y protección frente al síndrome metabólico, diabetes, obesidad y una mayor sensibilidad a la insulina, reducción de la presión arterial, colesterol, triglicéridos o incluso el mantenimiento de la masa muscular (Figura 1).
Como ya te habrás dado cuenta, no somos osos pardos. En contra de esta especie, en los humanos, el aumento elevado de nuestro tejido adiposo y del sedentarismo conducen a muchas enfermedades como la enfermedad cardiovascular, obesidad, diabetes, enfermedad renal, y favoreciendo también la pérdida de masa muscular y ósea. Una vez más, la ciencia no enseña maravillosas estrategias que usan los animales para sobrevivir con algunos resultados interesantes de aplicación a la biomedicina. Sin embargo, como seres humanos debemos de seguir nuestra biología, donde el movimiento, el ejercicio físico, es fundamental junto con una alimentación adecuada.
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